En ocasiones el remedio puede ser peor que la enfermedad. La independencia de Angola es un
claro ejemplo de ello. El 11 de noviembre de 1975 Angola logró independizarse del Imperio
Portugués después de 14 años de guerra colonial, sin embargo, aunque muchos creyesen que la
independencia traería consigo la paz, la libertad colonial vino seguida de una guerra civil.

La descolonización de Angola se gestó en un ambiente en el que las colonias de las grandes potencias
mundiales comenzaban a independizarse. India fue la pionera, logrando la independencia del Imperio Británico en 1947. El boca a boca hizo que este hito llegara hasta los oídos de las colonias francesas del sur de Asia, que se sumaron a la iniciativa independentista. Esta inercia de autodeterminación se trasladó a las colonias africanas, que habiendo visto el éxito de las demás colonias, probaron suerte.

Según comenta María José Tiscar Santiago, historiadora y experta en las relaciones internacionales en África, “1960 fue el gran año de África”. Entre enero y noviembre de ese año, un total de 17 países lograron desprenderse de las garras de su metrópoli entre ellos el Congo, que comparte frontera con Angola. “La independencia del Congo fue muy importante para Angola por su cercanía”, comenta la historiadora. Angola, al ver la oleada de independencia que se había producido en África, y aprovechando que no había un gran control desde Portugal, decidió iniciar su proceso de descolonización. “Los primeros movimientos por parte de Angola fueron la huelga en la Baixa do Kassanje en enero del 61, que fue brutalmente reprimida, el atraco al cargamento del Santa María semanas más tarde, y la liberación de los presos de la cárcel de S. Paulo el 4 de febrero”, apunta María José. Este último ataque significó el pistoletazo de salida para una guerra colonial entre Portugal y los diferentes grupos armados de Angola (MPLA, UNITA, NFLA).

Entre 1961 y 1974, se libró una guerra colonial entre portugueses y angoleños, que finalizó con un alto al fuego tras la Revolución de los Claveles en Portugal el 25 de Abril. La declaración de independencia de Angola llegaría el 11 de noviembre de 1975, y con ella el proceso de descolonización y la posterior guerra civil. Agostinha Andrade Esteves fue una de las víctimas de la guerra angoleña, teniendo que dejar todo
atrás para marcharse con su marido y sus dos hijas (María José y Marinela) a Portugal.

Angola antes de la guerra.

La colonia portuguesa era una de las regiones de África más ricas en materia prima: “En Angola teníamos de todo: oro, hierro, diamantes, madera, pesca, café (…), pero ellos (grupos armados) lo destruyeron todo”, comenta Agostinha. Angola, además de disfrutar de abundantes recursos naturales, gozaba de cierta libertad pese a vivir bajo el mandato del dictador portugués Salazar. Esa libertad no obstante, tenía un matiz, la desinformación. El no tener acceso a las noticias permitía que el pueblo viviese en un mundo idílico, sin apenas cuestionarse que pasaba. “Yo tuve una infancia normal, iba al cine, estudiaba, jugaba… Allí no se hablaba de política, daba igual si el que gobernaba era blanco, negro o mestizo”, comenta Marinela. Incluso durante la guerra colonial, hubo muchas zonas que no se vieron afectadas, ya que la mayor parte del conflicto se desarrolló al norte de Angola. “La guerra comenzó en el 61, pero yo solo la
sentí en el 75, cuando oí los primeros tiros. Fue entonces cuando decidimos marcharnos” afirma
Agostinha.

8 días bajo fuego cruzado

Un día como otro cualquiera, Marinela volvía a casa después del instituto. Al llegar, su madre le dijo: “los niños del vecino me han dicho que un policía les ha hecho entrar en casa porque la guerra va a empezar”. Marinela no acababa de creérselo, no había notado nada raro al volver a casa. “Efectivamente, esa noche comenzó el tiroteo”, comenta Marinela. Los primeros disparos cogieron desprevenidos a los habitantes de Jamba, un pueblo al sur de Angola, que corrieron a refugiarse en el primer sitio que encontraron.
En la casa de Agostina, por ejemplo, se habían refugiado 11 personas. “Cuando empezaban los tiros
íbamos a mi cuarto, ya que era el más resguardado, y mientras se escuchasen disparos permanecíamos tumbados en el suelo”, recuerda Marinela. Después de tres días de fuego continuo, Agostinha y las demás personas que se habían refugiado en aquella casa, decidieron salir aprovechando un intervalo en el tiroteo. “Al salir de casa lo primero que vimos fue a nuestro perro muerto en el jardín. Después, levantamos la cabeza y vimos a un montón de cadáveres podridos en la carretera y en el jardín de la vecina, una imagen poco agradable”, comenta la hija. Así estuvieron ocho días seguidos. Salían un poco y en cuanto escuchaban los disparos volvían a refugiarse en casa. Cuando cesó el fuego el pueblo estaba destruido, “estoy segura de que no quedó unacasa sin marcas de bala”, apunta Agostinha. El estado devastado de la aldea hizo que sus habitantes tuvieran que irse en busca de una vida mejor. Para huir de la guerra civil había dos alternativas: vía terrestre hacia Sudáfrica o a través del puente aéreo entre Nueva Lisboa y Portugal.

El puente aéreo

Después de ocho días de fuego cruzado Agostinha y su familia decidieron poner rumbo a Nueva
Lisboa, donde se encontraba el puente aéreo. El viaje no fue un camino de rosas en absoluto, cada
pocos kilómetros militares armados paraban los vehiculos para robarles. “Un viaje que se hacía en 4h tardamos 1 día en hacerlo”, confiesa Marinela, “nos pararon en un control, dos niños de unos 15 años con una G3 en la mano. Obligaron a mi padre que se arrodillase y chupase la gasolina de su coche para dársela a ellos” añade. “Yo traía a mis dos hijas pequeñas y una ahijada de 17 años, con la que se intentaron quedar”, completa Agostinha. Tras un duro viaje e innumerables negociaciones con los rebeldes armados lograron llegar a Nueva Lisboa, pero la aventura no acababa ahí. Al llegar a Nueva Lisboa la familia se apuntó en una lista de espera, pero ellos no eran los únicos que huían de las balas. Los aviones podían tardar una semana en llegar. “Estuvimos tres días en el aeropuerto sin comida, sin bebida, sin cobijo y sin cualquier tipo de ayuda”, explica Marinela. Las duras condiciones que debían soportar venían acompañadas del miedo por el tiroteo. Al fin, después de mucho sufrimiento, una azafata
acompañó a la familia al avión. ¿Sería este el principio del fin?

Regreso a los orígenes 37 años después

“Cuando volví a Angola sentí una mezcla de emociones entre la alegría de ver los sitios donde había pasado mi infancia y la tristeza de verlo todo destruido”, cuenta Marinela. La guerra civil había arrasado más Angola que la propia guerra colonial, “parecía que aquel pueblo se había quedado 37 años parado en el tiempo”, apunta. Al llegar a su casa y verla destruida Marinela desató a llorar. Una anciana que la vió, se le acercó y le preguntó por qué lloraba, a lo que Marinele respondió, “yo vivía aquí”. “Entonces tú eras la hermana blanca de Bemvinda (como una hermana para Marinela)”, preguntó la anciana, a lo que
esta respondió que sí. Al oír esto, la señora mayor llamó a Bemvinda, y 37 años después, el corazón de dos hermanas separadas en la infancia volvió a fusionarse en un caluroso abrazo bajo el Sol de Angola.

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